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Tu
luz debe brillar desde adentro hacia afuera.
Trata
de manifestar a todos la luz interior que brilla en ti a través de tus actos y
de tus palabras de comprensión y de optimismo.
Sé
para ti mismo tu propia luz, iluminando a todos con tus palabras de consuelo y
de estímulo, con tu sonrisa de entusiasmo y de coraje, con tu ejemplo de fe
y de optimismo.
No
pierdas la serenidad.
La
ira hace mal a la salud, el rencor arruina el hígado, la amargura envenena el
corazón.
Domina
tus reacciones emotivas.
Sé
dueño de ti mismo.
No eches leña al fuego de tu aborrecimiento.
Olvida, y pasa adelante, para no
perder la serenidad.
No
pierdas lo calma.
Piensa antes de hablar y no cedas a tus impulsos.
Trata de descubrir tu camino en la vida.
Nadie es responsable de nuestro destino, sino
nosotros mismos.
Somos
nosotros que debemos descubrir el camino y seguirlo.
Despierta
para la vida, para la verdadera Vida.
Y
si deseas la felicidad, recuerda: tú eres el único responsable de tu destino.
Supera
las dificultades, vence los obstáculos y construye tu vida.
“Todo
coopera para el bien en aquellos que aman a Dios”.
Entonces,
manifiesta constantemente tu amor a Dios amando a todas las criaturas, que son
la manifestación de lo Divinidad en tu derredor.
Dios
se revela al hombre a través del hombre.
El
mejor medio de amar a Dios es saber amar al prójimo corrigiendo sus faltas,
comprendiendo sus problemas y ayudándolo en todas las circunstancias.
No
temas en pedir las cosas...
Los
brazos parados no producen.
Las manos que no ayudan, envejecen.
Trabaja con entusiasmo y alegría y el mismo
trabajo traerá con sus resultados positivos la solución de las dificultades.
Trata
de tomarle gusto al trabajo que te toca realizar, y dentro de poco tiempo, la
alegría llenará tu corazón.
¡Dios
habita en ti!
Deja
entonces que su bondad se manifieste a través de tus ojos, tornándolos
bondadosos para la comprensión, cálidos para la compasión,
tiernos para el constante perdón a todos...
Que
ninguna mirada de impaciencia o condenación ofusque la belleza de tu vida.
Que
tu fisonomía irradie contento y felicidad, de manera que todos los que se
aproximen a ti se contagien de tu optimismo.
Con
nuestros pensamientos y palabras construimos el verdadero mundo en que
vivimos.
Por
eso nuestra vida y nuestra felicidad dependen exclusivamente de nuestros
pensamientos
y de nuestras palabras.
Vigila
el momento presente, para que tu futuro sea feliz.
Planta
semillas de optimismo y de amor para recoger mañana frutos de alegría y de
felicidad.
Procura
dar ejemplos de paciencia y desprendimiento sirviendo a todos con bondad y
dedicación.
La
verdadera vida es la vida de amor y de servicio.
Derrama
tu amor sobre todas las cosas creadas, desde la tierna plantita hasta las
constelaciones que gravitan en los espacios siderales.
Pero,
sobre todo, sé paciente y desprendido con los seres humanos que viven a tu
lado, con tus compañeros de jornada.
Sé
fuerte en los embates de la vida y no te desanimes si te visita el sufrimiento
en tu persona o en las personas queridas.
El
sufrimiento, además de purificarnos, perfecciona nuestra fuerza interior.
Ninguno
puede aprobar el año sin dar examen.
Nadie
puede progresar sin sufrir el examen de la naturaleza que verifica si realmente
sabemos ser fuertes soportando los dolores.
Sé
alegre, procurando hacer todo el bien que puedes durante los días que debes
permanecer sobre la tierra.
Esparce
en tu derredor dones de consuelo, palabras de cariño, sonrisas de felicidad.
Contesta
con alegría y optimismo a todos los que te dirigen la palabra, sin irritarte
jamás.
Deja estampada, en cada día de tu vida, toda la bondad que existe en el fondo de tu corazón.
No
digas que no puedes trabajar en beneficio de los otros.
¡Cuántos
mudos darían una fortuna para poder hablar como tú!
¡Cuántos
paralíticos suspiran por los pasos que tú puedes dar!
Cuántos
millonarios te entregarían sus riquezas para poder tener un décimo de la fe
que tú tienes!
No
digas que no puedes trabajar.
Distribuye
los bienes que Dios te concede, en gestos de bondad y de palabras de cariño.
La
tierra espera tu ayuda.
Ella
te otorga el aire para respirar desde que naces, el agua para tu sed, el
alimento para tu sustento, la casa para protegerte, y tú, ¿qué le das en
recompensa?
¿Estás
contribuyendo para la prosperidad de la tierra que te recibe con los brazos
abiertos, permitiéndote el crecimiento y el aprendizaje?
No
te olvides: la tierra espera tu ayuda.
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