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Aleja
de ti el veneno de la lisonja.
No
creas en aquellos que te elogian sin motivos.
Prefiere
oír una crítica honesta a un elogio vacío.
La
crítica a nuestros actos puede ser la voz de alerta de que necesitamos corregirnos.
El
elogio fácil nos perjudica y nos ilusiona.
Y
no existe nada más frágil que una persona ilusionada con respecto a sí misma.
Sé
el mismo, dentro y fuera de casa.
La
familia es la sociedad en miniatura.
La sociedad es la familia ampliada.
En una y otra sé el mismo: firme en tu
palabra, seguro en tu pensamiento, honesto en tus actos, sereno en la confianza.
El
hombre es lo que es.
Y
la manifestación externa refleja el estado íntimo de nuestra alma.
Sé
atento y comprensivo.
¡Cuántas
veces las personas que vienen a hablar contigo, traen problemas escondidos en
el fondo de su alma!
Muéstrate
sereno, tú que has comprobado la luz del entendimiento fraterno.
Conserva
tu equilibrio cuando alguien se presenta perturbado.
Sé
atento y comprensivo; el mundo está lleno de enfermos, y tú tienes salud
moral.
No
busques evidencias personales.
Reflexiona
que cuánto más te fijas en los demás, más estarás expuesto a los celos y a
las envidias.
Las
vibraciones negativas, aunque no te hagan mal positivamente, podrán cansarte
en el trabajo de defenderte.
Procura
actuar discretamente, ojalá con firmeza,
para que los vanidosos y vacíos comprueben que tú no necesitas brillar.
El
vidrio común brilla mucho al sol, pero el brillo del oro está escondido en
el cofre. No por eso tiene menos valor que el vidrio...
Evita
el lujo superfluo.
Todo
lo que sobrecarga el ambiente molesta para la vida.
Sé
sobrio y natural.
El
artificialismo distorsiona y causa fatigas inútiles.
La sobriedad descansa el espíritu y el cuerpo.
Sé sobrio y natural en todo, desde
tu persona hasta los muebles de tu casa.
¡Qué
poco tiene el que procura mostrar más de lo que posee!
Recibe
a tus amigos con alegría.
Muchas
veces un simple saludo alegre y espontáneo conquista un corazón y consuela un
dolor.
Un
saludo triste o malhumorado puede inyectar veneno en un corazón alegre.
Derrama
alegría y bondad cuando encuentres una persona conocida, y ya tendrás los
beneficios
de una acción meritoria.
Que
tus amigos sientan el calor de un corazón afectuoso en un saludo simple y
alegre.
Trata
con afabilidad a todos.
El
vecino que se sienta a tu lado en el trabajo, no es tu enemigo ni tu rival.
Trata
siempre de ser hermano suyo y de aceptarlo con simpatía. No pretendas recibir
consuelo de él, sino más bien que él lo reciba de ti.
Y,
casi sin darte cuenta, recibirás en tu corazón las vibraciones de su
gratitud.
Si
alguien a tu lado se queja de la vida, respóndele con palabras de aliento.
No
aumentes la tristeza a quien siente ya demasiado el peso de sus problemas.
Si
alguien se queja de la vida, procura hacerle
ver los lados buenos de la
existencia.
No
contribuyas con tus propias quejas a aumentar el desaliento de tu compañero.
Reanímalo
con esperanza y con ánimo sereno, con palabras de incentivo y de coraje.
No permitas que la rutina arrase con tu vida.
Cumple tus tareas con amor siempre renovado, porque esto te proporcionará alegría.
La rutina cansa y roe el
alma, desalienta y carcome el entusiasmo.
Renueva cada mañana la alegría de vivir.
Ayuda a todos y cumple alegremente tu
trabajo,
para recibir en cambio el beneficio de la felicidad por tus esfuerzos.
Apártate
de los ambientes malsanos.
Evita
las personas malintencionadas.
Pero
si tu presencia puede mejorar en algo, a los demás sin perjuicio de tu alma,
lleva tu virtud donde reina el vicio.
Haz
como el sol, que ilumina y penetra el pantano, sin que sus rayos de luz y
calor se contaminen con el fétido barro.
Sé
un espejo vivo de tu fe.
No
acumules en tu corazón deseos de venganza,
instintos de mal.
Échalos
afuera.
Perdona
y olvida lo que te hubieran hecho de mal: en palabras, actos y maldiciones,
calumnias e injusticias.
¡Olvídalo
todo!
Uno
solo ganará con tu perdón: tú mismo, que liberarás tu corazón del peso de
la amargura y del odio.
Sé
inteligente: perdona y olvida, para ser feliz.
Visita
a los pobres y a los enfermos.
Por
lo menos una vez por semana dedica unas horas para consolar un corazón
afligido.
Ese
consuelo que tú llevas con sacrificio de tu parte, es la garantía de que estás
cumpliendo con un deber de hombre.
No
esperes a que te lo pidan para actuar fraternalmente, o para amparar a los débiles
y consolar a los afligidos.
Nunca
pienses que tú estás dando más de lo que recibes.
Quien
consuela un corazón triste, en realidad recibe mucho más de lo que da.
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