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Ten
la certeza de que no te puede suceder nada malo, porque la fuerza divina es tu
protección permanente.
El
mal que te sucede tal vez sea una experiencia por la que tienes que pasar.
Pero
todo coopera para el bien en aquellos que aman a Dios.
También
los dolores y sufrimientos, las enfermedades y persecuciones.
Ningún
mal puede alcanzarte, a no ser que tú lo practiques.
Enciende
tu luz interior, la luz de la sabiduría y de la bondad.
Dedica
algunos minutos del día a la meditación, porque el hombre iluminado no
encuentra tinieblas en su camino.
Por
donde pasas, irradias la luz de ti mismo, iluminando a los que están cerca.
Entra
en tu interior y oirás la voz de la conciencia, que es la voz silenciosa de
Dios hablando dentro de ti mismo.
¡No
te desanimes jamás!
Aunque
tu dolor te parezca insoportable y sin remedio, un día se acabará, y la alegría
brillará de nuevo en tu corazón.
No
hay noche eterna a la que no le suceda la luz de un día radiante.
De los sufrimientos pasados, conservamos apenas un leve recuerdo.
Así sucederá
mañana
con los sufrimientos de hoy.
Entrega
todo al tiempo que, con su mano suave y compasiva, mitigará todos tus
dolores.
Trata
de cultivar la verdad en relación con los otros y también en relación contigo
mismo.
Sólo
la verdad nos hará llegar a la perfección, porque ella nos hace conocer lo que
realmente somos.
Y
sólo llegaremos a ser perfectos cuando nos conozcamos para poder corregimos de
nuestros defectos y lanzarnos a la conquista de las virtudes que nos faltan.
Mientras
tengas tiempo en esta tierra, dirige tus pasos por la senda del bien.
Procura
actuar y hacer siempre alguna cosa en beneficio de alguien, aunque sea una
palabra
de aliento, un gesto de cariño, una sonrisa de estimulo.
Haz
algo en favor del prójimo, y tendrás el corazón lleno de alegría y
felicidad.
¡Dios
está en ti!
Pero
está también en todas las personas que te rodean.
También
en aquellos que no obran bien está permanentemente Dios, que de los errores de
las criaturas humanas hace nacer el bien y el progreso.
Por
lo tanto, no juzgues apresuradamente, pues lo que te parece un error, quizás
sea el comienzo de un resultado maravilloso.
¡Que
tu vida sea dinámica!
No
te quedes parado, de brazos cruzados. No son las ideas bonitas las que valen.
¡Son
las cosas prácticas!
Los pies que no caminan, crían raíces.
¡La vida es una lucha!
No
esperes a que los necesitados te vengan a llamar; visítalos en sus tugurios.
Llévales
una palabra de consuelo, una sonrisa de comprensión, un pensamiento de ternura.
Cultiva
la alegría en alto grado.
Alegría
no es barullo.
Es
el estado del alma de quien siente en sí la plenitud de la vida.
La
alegría nace de nosotros mismos, de la conciencia
tranquila, del cumplimiento exacto de nuestros deberes; y vibra en nosotros a
pesar de todos los sufrimientos, calumnias e injusticias.
Sé
siempre alegre, y cuando la tristeza quiere cubrir el sol de tu vida, eleva una
canción al Padre, y la luz brillará siempre en ti.
Conserva
siempre vivo el ideal de felicidad.
Trabaja
mirando el bien propio y el bien de la humanidad.
Pera
no tengas la preocupación de acumular riquezas que los gusanos destruyen y que
la herrumbre consume.
Acumula
riquezas duraderas, construidas con los beneficios que prestas a tus hermanos;
porque, mañana, recibirás de todos la alegría de
la victoria lograda con tu
auxilio.
La
alegría del bien que se realiza es el mayor tesoro que podemos obtener.
Procura
ser humilde en todas las circunstancias.
Humildad
no es decir "si" a todo y a todos.
Ni
es pregonar que somos humildes.
No
es asentir a todo lo que los otros dicen.
¡No!
Humildad
es saber exactamente lo que somos y lo que valemos.
Es
conocernos a nosotros mismos, procurar corregir sinceramente nuestros defectos
y no querer imponernos a los demás.
El
que es humilde, generalmente no sabe lo que es.
Pero
el que no es humilde, piensa que ya lo es.
Sé
firme en tus actitudes y perseverante en tu ideal.
Pero
sé paciente, no pretendiendo que todo te
llegue de inmediato.
Hay
tiempo para todo.
Y
todo lo que es tuyo, vendrá a tus manos en el momento oportuno.
Aprende
a esperar el momento exacto para recibir los beneficios que reclamas.
Espera
con paciencia a que maduren los frutos para poder apreciar debidamente su
dulzura.
Procura
amar a todo y a todos
indistintamente.
El
amor es un don perenne de luz y de felicidad, que no busca recompensas ni
compensaciones.
En
todas las criaturas está Dios, que habita en cada uno de nosotros.
Ama
a Dios amando a tu prójimo como a ti mismo.
Derrama
comprensión y paz, para que la felicidad pueda morar definitivamente en tu
corazón.
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