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No te dejes abatir por la tristeza.

Todos los dolores terminan.

Espera que el tiempo, con sus manos llenas de bálsamo, traiga alivio.

La acción del tiempo es infalible y nos guía suavemente por el camino seguro, aliviando nuestros dolores, así como la brisa suave mitiga el calor del verano.

Antes de lo que supones, tendrás una respuesta al consuelo que necesitas.

 

Sé humilde.

La vanidad es el peor de los defectos, porque nos engaña a nosotros mismos.

Por más sabio que seas, siempre habrá alguien más sabio que tú.

Por más fuerte que seas, habrá alguien más fuerte que tú.

Por lo tanto, sé humilde.

¿Envanecerte de qué?

La vanidad nos hace perder el sentido de las proporciones y terminamos cayendo en el ridículo, porque nos engañamos a nosotros mismos.

 

“Si alguien dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso”

Esto lo escribió el Apóstol san Juan y expresa una gran verdad.

Dios esta en todas las criaturas.

Por lo tanto, si tenemos odio a alguien, ofendemos al mismo Dios que habita en él.

Demostraremos nuestro amor a Dios, que no vemos, amando a las criaturas que vemos y que viven junto a nosotros.

 

No pierdas tu equilibrio interior.

Por grande que sea la tempestad que te envuelve, no pierdas el equilibrio.

Todas las tempestades pasan.

Y si sabemos recibirlas con serenidad, no nos pueden hacer ningún daño.

Jesús dormía dentro de la barca...

Cuando los discípulos lo llamaron asustados, todo se calmó.

Haz lo mismo.

Recurre al Maestro Divino, para que las tempestades se calmen a tu lado.

 

No te dejes llevar por el extremismo.

No exageres en más ni en menos.

Permanece en el término medio.

Si corres demasiado, te cansarás.

Si te quedas parado demasiado tiempo, acabarás por gastar el terreno que está debajo de tus pies y, al poco tiempo, estarás pisando una cueva.

No te pares, pero tampoco quieras correr demasiado.

Camina firme y con seguridad, sin prisa, pero no te detengas jamás en el camino del progreso.

 

Olvídate un poco de ti mismo y piensa en los demás.

En estas pocas palabras está encerrado el mayor secreto de la felicidad.

Cuando nos preocupamos demasiado de nosotros, nuestros problemas crecen desmesuradamente.

Pero cuando nos olvidamos un poco de nosotros, para cuidar de nuestro prójimo, olvidamos nuestros problemas que se van resolviendo solos.

Entonces, olvídate de ti mismo, y piensa en los demás, y hallarás la felicidad.

 

Todos somos iguales ante el Padre que habita en cada uno de nosotros.

Teniendo al Padre en nuestro interior, dare­mos poca importancia a nuestro exterior; si somos blancos o negros, pobres o ricos, de ésta o aquella religión.

Delante de Dios no cuentan las diferencias exteriores; sólo el interior importa; si somos buenos o malos, generosos o avaros, bondadosos o egoístas.

¡Piensa en estas verdades!

 

¿Te has acordado de agradecer a Dios por el aire que respiras, desde que naciste, sin que te haya faltado jamás?

El aire está siempre a tu disposición, gratuitamente.

Agradece también a Dios por el agua que te quita la sed, por el sol que ilumina tu día, dándote la oportunidad de trabajar, por la noche que te proporciona el reposo, la salud, la alegría, los amigos...

La gratitud es una obligación que no debemos olvidar jamás.

 

¡No tengas miedo!

¿Miedo de qué?

Nuestra vida es eterna, nuestro yo, que es nuestra alma, no muere nunca.

La vida continúa eternamente.

Trata de sentir a Dios palpitar dentro de ti, en los pensamientos que elabora tu cerebro, en la vida que late en tu corazón.

No temas, porque Dios está siempre en ti.

Sigue tu camino seguro y sereno y descubrirás a Dios en todo.

 

Trata de vivir constantemente buscando estudiar y aprender cosas útiles y provechosas para ti y para el prójimo.

Cuando dejamos de aprender y de progresar, comenzamos realmente a morir.

Aprende lo más que puedas, en todos los ra­mos del saber, para iluminar al máximo tu espíritu.

Aprovecha todos los minutos para aprender y para aumentar tus conocimientos.

 

No confundas cultura con sabiduría.

La cultura viene desde afuera hacia adentro, penetra por los ojos, por los oídos, y puede adherirse o no, en nuestro cerebro.

La sabiduría, al contrario, nace dentro de nosotros y se exterioriza; surge en el corazón y sólo puede ser adquirida por medio de la meditación.

Hasta los analfabetos pueden conseguir la sabiduría, si saben meditar en sus corazones las grandes verdades.

 

Despierta para la vida.

Medita en tus responsabilidades ante el mundo y ante Dios.

De ti dependen las personas que te rodean: en la familia, en el trabajo, en la sociedad.

No huyas de las responsabilidades que asumiste.

Realiza tu trabajo con amor, produciendo lo mas que puedas y lo que te permitan tus fuerzas.

En tus manos está una parte del futuro de la humanidad.

 

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