¿Para bien o para mal?   

 

   Hace muchos años, en una villa de una pobre comarca china, vivía en una pequeña granja y en compañía de su único hijo, un anciano y humilde labrador.

   Un día, el único caballo que el viejo tenía, se escapó, dejándolo sin animal de labranza. Como el anciano era muy querido y respetado por su bondad y nobleza, los más importantes del pueblo se allegaron a su casa para decirle cuánto lamentaban que hubiese sufrido tal pérdida. El anciano les agradeció la visita, pero les preguntó:

- ¿Cómo saben ustedes que lo sucedido es para mal?

Asombrados por tan inesperada pregunta, los visitantes se retiraron sin saber qué responder.

   Al poco tiempo, retornó a su establo el caballo que se había escapado. Pero no solo. Lo acompañaba otro orejano al que había encontrado en su fuga y se había amigado con él. Al saber eso los vecinos se alborozaron y nuevamente fueron a visitar al viejo. Esta vez para felicitarlo por su buena suerte, ya que además de recuperar el caballo, contaba ahora con otro más. Después de oir las congratulaciones, el viejo les dijo:

-¿Cómo sabéis vosotros que esto es para bien?

Tales palabras los anonadaron y se retiraron murmurando "que raro era el viejo".

   Pasados unos días, el hijo del labrador montó al nuevo caballo y éste, que era salvaje, lo arrojó de tal forma, que a consecuencia de las graves fracturas, el muchacho quedó cojo. Tristes llegaron los vecinos a casa del viejo para decirle que se apenaban por su mala fortuna, y que se condolían por su único hijo que había quedado rengo. Pero el anciano les dijo:

-¿Es que acaso estáis seguros que lo ocurrido es para mal?

Esa frase los dejó más estupefactos que nunca y se dijeron: "sin duda, el viejo está loco. Su único hijo ha quedado cojo y todavía pregunta si esto es para mal."

   Transcurridos unos meses, pasaron por el pueblo los emisarios del emperador. Estaban encargados de reclutar hombres para la construcción de la gran muralla, obra en la cual muchos perecían porque el trabajo era duro en extremo. Y se llevaron a todos los hombres jóvenes del pueblo. Pero no al hijo del anciano, por su defecto. Retornaron los vecinos ahora alegres y le dijeron al viejo que estaban muy contentos que su hijo se hubiese salvado de tan penosas tareas. Su contestación los sorprendió nuevamente:

-¿Cómo sabéis, que esto sea para bien?

 

Moraleja: Ante las cosas inevitables que nos ocurren, podemos detenernos a quejar, llorar o contentarnos. Pero tenemos una mejor elección: encararlas con el mejor ánimo posible. Así las piedras que encontremos en nuestro camino puedan quizá convertirse en lecciones de vida que transformen nuestra actitud. De otro modo, sólo serán tropezaderos.

ara

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