El Mesías

 

   En las lejanas montañas del Himalaya vivía en una retirada cueva un Sabio, al que vino a ver un monje de un célebre Monasterio. El Monasterio era floreciente de vocaciones religiosas, al que venían a convivir con los monjes, personas de todo el mundo ansiosas de paz y buscando una vida superior y más espiritual.

   Pero en los momentos presentes estaba el Monasterio en completa decadencia. No había vocaciones, y nadie se acercaba por allí, por lo que tampoco recibían ayuda alguna. 

   El monje preguntó al Sabio: - ¿Habremos cometido algún pecado por el que hemos llegado a esta difícil situación?

   El Sabio, con sus ojos absortos, en un estado de profunda meditación, le dijo al monje:

- Vuestro pecado es de una grave ignorancia. Ignoráis lo más importante. No os habéis dado cuenta de que entre vosotros está el mesías, el enviado de Dios disfrazado, oculto en apariencia común y vulgar.

Cerró sus ojos y siguió su meditación.

   Con aquella revelación el monje volvió reconfortado, pero al mismo tiempo preocupado y perplejo, pensando quién podría ser el mesías. ¿Sería el hermano cocinero?, ¿el portero?, ¿el ecónomo?. Cualquiera podría ser. También podría ser él mismo. Él se veía con muchos defectos. Pero podrían ser esas mismas deficiencias el disfraz de Dios. Quienquiera que lo fuera, ¿sabría que lo era? Todas estas preguntas atormentaban su mente cuando llegó al Monasterio.

   Reunió sus monjes y les contó la historia de su viaje y la consulta y la revelación del Sabio. Todos los monjes quedaron impresionados pensando siempre en quién podría ser ese mesías. Ese enviado de Dios oculto y disfrazado.

   Todos y cada uno de ellos fueron revisando a todos y cada uno de los miembros del Monasterio. Desde ese momento el trato personal entre todos los que convivían en el Monasterio cambió. Todos se trataban con suma atención y delicadeza. Cada uno pensaba, ¿y si es este hermano el enviado de Dios? Hasta unos pobres e ignorantes servidores del Monasterio eran tratados con respeto y amor.

   De esta manera el Monasterio volvió a recuperar su espíritu de paz, armonía y santidad, que había sido su característica en otro tiempo. La gente empezó a venir para encontrar energía para el espíritu, y los candidatos a monje se fueron renovando y aumentando día a día.

 

   Aquellos monjes, habían olvidado que Dios estaba vivo en cada uno de ellos, como lo está en cada uno de los seres humanos. El mesías sigue disfrazado a nuestro lado y dentro de nosotros. Pero la ignorancia y la inconciencia, siguen siendo grandes pecados.

 

Volver a Cuentos